Sol de Invierno
lunes, 8 de febrero de 2010

El sol caía de una forma suave, silenciosa y lenta. Se iba escondiendo tras aquellos grandes rascacielos mientras su luz natural iba siendo reemplazada por el destello artificial de lámparas y carteles de neón. La briza serpenteaba entre los grandes edificios, bailando al compás de los cláxones, zigzagueando a las personas acumuladas en las veredas. El ruido era atroz. Televisores, distintos estilos de música colocados fuertemente en varios equipos a la vez, coches y motos rugiendo al pasar dejando una estela de viento atrás. La muchedumbre agolpada a la salida de boliches y centros nocturnos esperando para entrar y comenzar una noche descontrolada, una más de tantas en esa remota ciudad.
Del otro lado de la vereda, luciendo un vestido veraniego color crema, floreado y sostenido por dos finos breteles, se encontraba Sam, quien había recogido su melena negra en una coleta que caía a un costado de una forma rebelde y zigzagueante. Nunca había pensado en usar unos de esos vestidos que hacía años tenía escondidos en el clóset en la parte profunda tras aquellos abrigos que hacía meses no usaba. Pero sabía que era una noche especial, lo sentía muy dentro de ella. No tenía una razón en concreto, no era ni su cumpleaños ni su aniversario, no se graduaba ni había pasado un gran examen pero algo gritaba en su interior que esa noche no iba a tener precedentes.
Observó una vez más su rostro frente al espejo de bolsillo y volvió a fijarse la hora. Sus ansias y poca paciencia habían hecho que llegase diez minutos antes de la hora acordada.
<<— Solo tres minutos más —>> pensó mientras volvía a guardar el pequeño espejo dentro de su cartera de cuero.
Volvió a levantar la mirada y observó inquietante ambos costados. No lo veía por ningún lado. De un momento a otro, las puertas de los centros nocturnos se abrieron y todas aquellas personas que estaban esperando impacientes afuera, entraron casi corriendo. De un segundo a otro, se encontró sola en medio de una calle iluminada por los faros y luces de los carteles de los negocios que aun estaban abiertos a esas altas horas de la noche. Pero aun así, aun estando sola frente a un lujoso restaurante esperando con ansias, sintió un bienestar interior al pensar en los posibles futuros minutos y sonrió al saber que iba a terminar como no se lo imaginaba.
Se cruzó los brazos sobre el pecho y se meneó impacientemente hacia adelante y atrás. Inhaló profundamente, mantuvo la respiración unos segundos sin saber porqué y exhaló volviendo a verificar ambos lados en busca de su cita.
Una brisa rebelde bailó alrededor de ella haciendo que su vestido danzara. Pronto una mano se posó en su cintura y la hizo girar.
Dos ojos de color marrones la observaban tiernamente, como si la miel de su interior se derritiera al contemplarla. Sonrió mostrando sus dientes blancos y perfectos y Sam sintió que su corazón bombeaba la sangre más rápido y sus mejillas eran las destinatarias.
Un ramo de flores apareció delante de ella. Sam las observó detenidamente y sonrió. Camelias, sus favoritas. Eran blancas y había montones. Se acercó a ellas e inspiró profundamente su delicioso aroma. Las agarró con una mano, tomó del rostro al dulce chico plantado frente a ella y lo besó como venía esperando hacía ya media hora, tiempo que había estado esperando.
— ¿Llegaste hace mucho? —Preguntó él ladeando un poco la cabeza y tomando la mano de Sam para empezar a caminar hacia dentro del restaurante.
— Solo unos minutos —respondió ella mintiendo. ¿A quién le importaba?
— Estas realmente hermosa, Sam —comentó él haciendo que ella se ruborizara.
— Gracias, Ben —susurró ella aunque no fue lo bastante audible para que él la escuchara.
Ella era muy tímida y se movía levemente con cada paso, midiéndolo y pensándolo como si fuese de vida o muerte. Él, en cambio, se lanzaba en aventura entre las mesas, esquivando a las personas sin importarle nada. Hay un dicho que dice que los polos se atraen y ese era un ejemplo de polos.
Se sentaron en una mesa del fondo que él había reservado. El restaurante ofrecía una privacidad única. Las mesas estaban bien separadas y se podía tener una conversación privada sin preocuparse de que alguien ajeno escuchase. Las mesas eran redondas y estaban cubiertas por manteles de un color rojo intenso. En medio de cada mesa había una vela a medio consumir blanca y dos copas. Aparentemente, el restaurante se especializaba en cenas para parejas, primeras citas y ese estilo de cenas.
A penas se sentaron, un mesero vestido de negro y que tenía atado a la cintura un delantal del mismo color con unas líneas finas verticales en rojo, se acercó con dos menús en sus manos. Le entregó uno a cada uno y se marchó devolviéndole a ambos una privacidad completa.
— Es hermoso este lugar —comentó Sam mientras ojeaba sin leer la lista de comidas.
— Lo sé. Es perfecto —dijo Ben mientras se escuchaba a lo lejos una música tranquila y suave.
Ambos compartieron una mirada de unos pocos segundos y luego la bajaron para seguir leyendo el menú.
El mesero volvió a los pocos minutos con una pequeña libreta negra en sus manos. Anotó cuidadosamente el pedido de cada uno, retiró los menús de la mesa y les sirvió una copa de vino a ambos.
Luego de unos minutos en silencio, compartiendo miradas y tomándose de las manos, Ben decidió romper el silencio.
— ¿Sabes por qué te traje a aquí?
— No, no estoy segura —respondió ella sonriéndole —, aunque sé que es por algo bueno. Estoy segura.
— Estás en lo correcto —dijo rápidamente él. Una oleada de silencio los envolvió unos pocos segundos hasta que se evaporó — ¿Sabes qué es lo que veo yo en ti, Sam?
Esto le tomó por sorpresa pero intentó que no se le notara. Se mordió el labio inferior con nerviosidad y simplemente negó con la cabeza para oír la respuesta.
— ¿Viste aquellas noches en los que la luna desaparece tras espesas nubes y las personas ruegan con energía a que vuelva a aparecer para iluminarlos y seguir disfrutando con la otra persona? ¿Viste aquellos soles alabados de invierno que nos brindan calor luego de días, semanas de un duro frío? —preguntó él sin despegar sus ojos de los de ella. Sam asintió. — Tú eres mi sol de invierno, Sam. Eres lo que siempre quise, por lo que siempre roge, por lo que siempre luché en la vida. Desde que te conocí, vivo noches eternas de lunas inolvidables, inviernos cálidos y perfectos. Dicen que el amor hace crecer a la personas, dicen que el amor abre ojos, cierra cicatrices y te hace nacer de nuevo. No puedo expresar en palabras lo que provocas en mí. Yo te amo, y esas tres simples palabras ni se acercan a lo que yo realmente siento pero es lo más acertado para decir. Sam, te amo y no quiero separarme de ti nunca –agregó mientras buscaba algo en su bolsillo. Apoyó en la mesa una cajita azul de terciopelo y ella sintió desfallecer — Sam ¿te casarías conmigo para convertirte por siempre en mi sol de invierno?
Ella llevó una mano a su boca por la sorpresa mientras unas pequeñas lágrimas caían por sus mejillas dejándole unos surcos negros a causa de su maquillaje corrido. Asintió animadamente y el resto es historia.