It's All about you [Addicted III]
viernes, 12 de febrero de 2010
Estaba totalmente ansioso. Quería saber cómo se encontraba, quería verla, con un vestido o con un pijama, con lo que sea… seguramente se veía estupenda.
No tenía la paciencia suficiente como para esperar al maldito ascensor por lo que decidí bajar por las escaleras a todo lo que mis piernas me permitían. La podía ver reflejada tras el vidrio opaco de la puerta. ¡Hasta su silueta era perfecta! Fui corriendo prácticamente hasta ella, ya que las escaleras estaban al fondo del pasillo de entrada al edificio, y metí las llaves lo más rápido que pude.
Ok, relájate Harry. Ella no puede verte en este estado de excitación. Habló la vocecita de mi cabeza. A veces, la odiaba, no me dejaba pensar claramente.
Inhalé profundamente intentando relajarme y sonreí al vidrio. ''Todo va a salir bien'' Me repetí unas treinta veces y abrí la puerta.
No estaba ni estupenda, ni hermosa, ni increíble. Estaba perfecta. Tenía un vestido pegado al cuerpo. Desde la parte superior del abdomen para arriba era rayado en blanco y negro y para abajo era completamente negro y con escote en forma de U con dos breteles anchos, estilo musculosa. Su rostro estaba limpio de maquillaje, solo algo de… em, ¿cómo se llama? ¿Delineador? Bueno, eso o lo que sea. Su pelo caía en grande ondas tras su espalda y lucía una gran sonrisa.
— Uff, ¡qué suerte que me abriste vos! Pensé que tendría que ser algo sinvergüenza para entrar a una casa que no conozco con alguien a quien… tampoco conozco. —dijo bastante nerviosa. — Me alegra verte, Harry —agregó luego de saludarme con un beso en la mejilla.
Cuando se acercó, su perfume me envolvió instantáneamente. Era dulce, algo como vainilla o coco. Riquísimo.
Caminamos en silencio hasta el ascensor. Apreté el pequeño botoncito y esperamos a que llegase. Por mí, me hubiese quedado allí con ella solos, pero había una fiesta a la que asistir.
— Em… no quería venir sin nada –dijo ella rompiendo el silencio. —, así que compre un regalo. No sé ni cómo se llama el cumpleañero pero le compre un perfume. No sé si le gustara pero…
— Despreocúpate —la interrumpí —, le va a gustar. El cumpleañero se llama Tom, es uno rubio de ojos marrones. Lo vas a reconocer, todo el mundo lo está saludando y diciéndole feliz cumpleaños, será fácil. El dueño del departamento es Danny, uno morocho de ojos celestes. También lo vas a reconocer, es el que, seguramente, esta gritando, hablando con todo el mundo y riendo. Sí, seguramente riendo.
Ella me miró y sonrió nerviosa.
— Si te los confundís, no importa. No hay nadie con una cámara como para grabarlo —dije mientras abría las puertas del ascensor. Ella pasó y después yo. — Creo.
— Prométeme que vas a estar a mi lado toda la noche. No conozco a nadie y no soy de hacer sociales con mucha facilidad.
— Lo prometo.
Y era una promesa que yo iba a cumplir a raja tabla. No deseaba más en el mundo que estar a su lado y no solo esa noche, sino el resto de mi vida. ¡Estaba totalmente obsesionado con ella!
— Así que vos sos la famosa Mollie –dijo Danny luego que se la presenté, a él y a los demás — Harry no para de hablar de… —lo miré asesinamente. ¿No podía cerrar un poco la boca? No quería que se enterase que estaba loco por ella, no por ahora — Creo que iré a buscar más…em, snacks. Sí, eso. Snacks.
Lo seguí con la mirada y vi como entraba a la cocina casi corriendo.
Estaban todos hablando a nuestro alrededor sin prestándonos atención por lo que tomé de su mano y la guié a la mesa donde estaban las bebidas y la comida.
Ella agarró el vaso de cerveza que le entregué y luego me serví uno a mí. Mollie miraba a nuestro alrededor. Como la gente bailaba y hablaba. Su perfil era tan lindo, tan simétrico, armonioso.
Pareces un idiota enamorado. Habló mi conciencia interrumpiendo mis pensamientos. Está bien, sí era un enamorado, no sé si idiota, pero enamorado sí.
— Aquel es Tom —le susurré al oído a causa de la música a alto volumen.
Ella me miró y siguió con la vista mi mirada.
— ¿Me acompañas? —preguntó dándose vuelta y volviéndome a mirar. Lucía tan tierna sonrojada.
— Siempre.
Caminamos hacia donde estaba el cumpleañero, a quien le presente a la dulce chica al lado mío. Mollie explicó lo mismo que me había dicho a mí en la espera por el ascensor y Tom rió diciendo que no tenía que haberse molestado. Rompió el papel y observó el perfume. Por coincidencia o el destino, era justamente el que él usaba. Supuse que fue, simplemente, una coincidencia.
— Vamos a bailar —volví a susurrarle como la vez anterior y la tomé de la cintura guiándola hacia la improvisada pista de baile.
Al principio no quería, decía que solo quería estar sentada o parada por ahí tomando y hablando pero le insistí tanto que acepto.
Bailamos solo unas dos canciones hasta que empezó a sonar un lento. Paramos de movernos y nos miramos. Por alguna extraña razón, sonreímos y nos acercamos. Posé mis manos en su cintura y ella las paso por mi cuello. Era unos centímetros más pequeña por lo que me miraba hacia arriba. Con la poca luz que había allí se veía como un ángel. Sus ojos miel parecían derretirse y escabullirse en su iris.
No pude evitar acercarme más a ella y la atraje más a mi cuerpo, tomándola de la cintura más fuerte pero sin lastimarla. Estábamos a pocos centímetros y una oleada de su perfume me terminó por convencer. Me acerqué definitivamente a ella, sin dudarlo, y la besé. Para mi sorpresa, ella respondió efusivamente al beso. Pero cuando creí que estaba en mi novena nube, ella me empujó y se separó de mí.
— Tengo que irme —se excusó. Fue a buscar su cartera casi corriendo y salió por la puerta.
No sé si fue por la música o porque todos lo estaban pasando realmente bien que nadie se dio cuenta de lo ocurrido.
Sin pensarlo, corrí tras ella y al salir al pasillo del primer piso oí sus pasos en la escalera. Me encaminé hacia allí y prácticamente saltaba cada dos escalones para llegar cuanto antes a la puerta. Ella no podría abrirla, necesitaba la llave y yo aun la tenía en mi bolsillo.
— ¿Puedes abrirme? —preguntó cuando yo llegue al pasillo de entrada.
Estaba dándome la espalda y, seguramente, no quería mirarme. ¿Tan mal había sido el beso o qué?
— Antes, ¿puedes decirme qué es lo que estuvo mal?
Ella contestó, pero aun sin darse vuelta.
— Nada, solo que… —no dijo nada más. Se dio vuelta y su cara notaba claramente que sentía vergüenza. ¿Por qué? Yo la había besado, algo significaba, ¿no? — Harry, recién nos conocemos. A decir verdad, no conozco nada de ti. Solo que te gusta el café y que siempre vas a la cafetería en la que trabajo. ¿Qué más? Nada… no sé quién eres y no besaré a un desconocido. ¿Me abres, por favor?
No dije nada, pasé por su lado, saqué la llave de mi bolsillo y abrí la puerta para que ella se fuera. No iba a obligarle a que se quedara.
Había sido tan idiota. ¿Por qué me dejaba guiar por mis instintos? ¿Por qué le hacía caso a mis deseos? Ella había estado en lo correcto. No nos conocíamos. A penas solo sabíamos nuestros nombres, no habíamos tenido una conversación bastante extensa, no sabíamos nada de la vida del otro. Capaz, yo sabía algo de sus costumbres de observarla tanto. ¿Quién sabe?
De esa huida había pasado una semana y yo seguía maldiciéndome por dentro por arruinar un momento tan esperado. ¿Cuánto tiempo había estado esperando para que ella me dijera sí para una cita? Aunque esa fiesta no era una cita oficial, para mi interior sí lo era. ¿Cuánto tiempo había estado esperando para entablar una conversación con ella, cuán mínima sea, y que no se tratara de lo que yo quería ordenar? Muchísimo tiempo. Y un estúpido impulso mandaba todo al demonio en dos segundos. ¡Genial!
— ¡Hey, Judd! —exclamó Danny tirándome una bolita de papel.
Lo miré de reojo y él me sonrió inocentemente. ¿Cuándo maduraría?
Estábamos en casa de Tom pasando la tarde. Afuera llovía torrencialmente y no era un día como para salir. Aparentemente, me había ido a otro mundo sin darme cuenta. Todos me miraban esperando a que yo dijera algo.
— Tengo que irme —dije luego de unos minutos.
Me paré y tomé la campera que yacía sobre el sillón. Mientras caminaba hacia la puerta, me fui poniendo el abrigo. Salí sin siquiera despedirme. Pude oír como ellos me llamaban pero, realmente, no me interesaba estar en compañía en ese momento. Necesitaba estar solo, caminar; aunque estuviese lloviendo.
Cuando llegue a la esquina, ya estaba completamente empapado. De las mangas de mi campera chorreaba una catarata y mi pelo no era la excepción.
Caminé sin fijarme hacia donde iba. Mis pies solamente me guiaban.
Nunca había estado tan depresivo como en esa semana. ¿Tan obsesionado estaba? Aparentemente, sí. Había roto mi rutina de ir a la cafetería. No sabía como ella iba a reaccionar al verme. No sabía como yo mismo iba a reaccionar si la veía. ¡Idiota, idiota, idiota! Aun no podía creer que había esperado tanto para arruinarlo en tan poco tiempo.
Levanté la mirada y pude ver que estaba a unos pocos pasos de aquella cafetería donde Mollie trabajaba. ¡Maldito destino!
No iba a volver para atrás. Si mis pies me habían llevado hasta allí debía ser por algo y yo necesitaba verla, aunque sea unos segundos.
Estaba en la vereda de enfrente y cuando di unos pasos más, pude ver perfectamente la cafetería. No había nadie afuera, obviamente. La lluvia era torrencial, ya lo dije. Me quede parado allí intentando verla a través de los grandes ventanales del local. Pero no pude. Estaba perdiendo las esperanzas de verla cuando salió por la puerta principal bajo un paraguas negro. Estaba tan perfecta como me tenía acostumbrado.
Arriésgate.
¿Tenía que arriesgarme? ¿Otra vez? Ella fue muy clara, no iba a besar a alguien a quien no conocía.
Hazte conocer. ¡No seas otra vez idiota, ve y bésala!
¿Bésarla? No quería nada más en el mundo que besarla, disfrutar de sus labios y su dulce sabor.
Miré a ambos lados de la calle, pero… ¿quién iba a conducir con semejante tormenta? Crucé corriendo antes de que ella se alejara más.
La tomé de la cintura y la hice girar. No esperé ni un segundo, uní nuestros labios en un apasionado beso. Por un segundo estaba al resguardo de su paraguas pero ella lo bajo, lo soltó y lo tiró al suelo para abrazarme por el cuello. La lluvia caía de forma precipitada sobre nosotros. Ella en dos segundos estuvo en el mismo estado que yo: empapada.
Cuando nos separamos, ella me miraba confusa pero sonriente.
— Me llamo Harold Judd, me dicen Harry. Tengo veinticuatro años, mi cumpleaños es el veintitrés de diciembre. Toco la batería y…
Ella puso su dedo índice en mis labios impidiéndome seguir hablando. Pero tomé de esa misma mano y la puse sobre mi corazón, mi boca estaba libre de nuevo.
— Y yo te amo —agregué para volver a besarla.
The End
No tenía la paciencia suficiente como para esperar al maldito ascensor por lo que decidí bajar por las escaleras a todo lo que mis piernas me permitían. La podía ver reflejada tras el vidrio opaco de la puerta. ¡Hasta su silueta era perfecta! Fui corriendo prácticamente hasta ella, ya que las escaleras estaban al fondo del pasillo de entrada al edificio, y metí las llaves lo más rápido que pude.
Ok, relájate Harry. Ella no puede verte en este estado de excitación. Habló la vocecita de mi cabeza. A veces, la odiaba, no me dejaba pensar claramente.
Inhalé profundamente intentando relajarme y sonreí al vidrio. ''Todo va a salir bien'' Me repetí unas treinta veces y abrí la puerta.
No estaba ni estupenda, ni hermosa, ni increíble. Estaba perfecta. Tenía un vestido pegado al cuerpo. Desde la parte superior del abdomen para arriba era rayado en blanco y negro y para abajo era completamente negro y con escote en forma de U con dos breteles anchos, estilo musculosa. Su rostro estaba limpio de maquillaje, solo algo de… em, ¿cómo se llama? ¿Delineador? Bueno, eso o lo que sea. Su pelo caía en grande ondas tras su espalda y lucía una gran sonrisa.
— Uff, ¡qué suerte que me abriste vos! Pensé que tendría que ser algo sinvergüenza para entrar a una casa que no conozco con alguien a quien… tampoco conozco. —dijo bastante nerviosa. — Me alegra verte, Harry —agregó luego de saludarme con un beso en la mejilla.
Cuando se acercó, su perfume me envolvió instantáneamente. Era dulce, algo como vainilla o coco. Riquísimo.
Caminamos en silencio hasta el ascensor. Apreté el pequeño botoncito y esperamos a que llegase. Por mí, me hubiese quedado allí con ella solos, pero había una fiesta a la que asistir.
— Em… no quería venir sin nada –dijo ella rompiendo el silencio. —, así que compre un regalo. No sé ni cómo se llama el cumpleañero pero le compre un perfume. No sé si le gustara pero…
— Despreocúpate —la interrumpí —, le va a gustar. El cumpleañero se llama Tom, es uno rubio de ojos marrones. Lo vas a reconocer, todo el mundo lo está saludando y diciéndole feliz cumpleaños, será fácil. El dueño del departamento es Danny, uno morocho de ojos celestes. También lo vas a reconocer, es el que, seguramente, esta gritando, hablando con todo el mundo y riendo. Sí, seguramente riendo.
Ella me miró y sonrió nerviosa.
— Si te los confundís, no importa. No hay nadie con una cámara como para grabarlo —dije mientras abría las puertas del ascensor. Ella pasó y después yo. — Creo.
— Prométeme que vas a estar a mi lado toda la noche. No conozco a nadie y no soy de hacer sociales con mucha facilidad.
— Lo prometo.
Y era una promesa que yo iba a cumplir a raja tabla. No deseaba más en el mundo que estar a su lado y no solo esa noche, sino el resto de mi vida. ¡Estaba totalmente obsesionado con ella!
— Así que vos sos la famosa Mollie –dijo Danny luego que se la presenté, a él y a los demás — Harry no para de hablar de… —lo miré asesinamente. ¿No podía cerrar un poco la boca? No quería que se enterase que estaba loco por ella, no por ahora — Creo que iré a buscar más…em, snacks. Sí, eso. Snacks.
Lo seguí con la mirada y vi como entraba a la cocina casi corriendo.
Estaban todos hablando a nuestro alrededor sin prestándonos atención por lo que tomé de su mano y la guié a la mesa donde estaban las bebidas y la comida.
Ella agarró el vaso de cerveza que le entregué y luego me serví uno a mí. Mollie miraba a nuestro alrededor. Como la gente bailaba y hablaba. Su perfil era tan lindo, tan simétrico, armonioso.
Pareces un idiota enamorado. Habló mi conciencia interrumpiendo mis pensamientos. Está bien, sí era un enamorado, no sé si idiota, pero enamorado sí.
— Aquel es Tom —le susurré al oído a causa de la música a alto volumen.
Ella me miró y siguió con la vista mi mirada.
— ¿Me acompañas? —preguntó dándose vuelta y volviéndome a mirar. Lucía tan tierna sonrojada.
— Siempre.
Caminamos hacia donde estaba el cumpleañero, a quien le presente a la dulce chica al lado mío. Mollie explicó lo mismo que me había dicho a mí en la espera por el ascensor y Tom rió diciendo que no tenía que haberse molestado. Rompió el papel y observó el perfume. Por coincidencia o el destino, era justamente el que él usaba. Supuse que fue, simplemente, una coincidencia.
— Vamos a bailar —volví a susurrarle como la vez anterior y la tomé de la cintura guiándola hacia la improvisada pista de baile.
Al principio no quería, decía que solo quería estar sentada o parada por ahí tomando y hablando pero le insistí tanto que acepto.
Bailamos solo unas dos canciones hasta que empezó a sonar un lento. Paramos de movernos y nos miramos. Por alguna extraña razón, sonreímos y nos acercamos. Posé mis manos en su cintura y ella las paso por mi cuello. Era unos centímetros más pequeña por lo que me miraba hacia arriba. Con la poca luz que había allí se veía como un ángel. Sus ojos miel parecían derretirse y escabullirse en su iris.
No pude evitar acercarme más a ella y la atraje más a mi cuerpo, tomándola de la cintura más fuerte pero sin lastimarla. Estábamos a pocos centímetros y una oleada de su perfume me terminó por convencer. Me acerqué definitivamente a ella, sin dudarlo, y la besé. Para mi sorpresa, ella respondió efusivamente al beso. Pero cuando creí que estaba en mi novena nube, ella me empujó y se separó de mí.
— Tengo que irme —se excusó. Fue a buscar su cartera casi corriendo y salió por la puerta.
No sé si fue por la música o porque todos lo estaban pasando realmente bien que nadie se dio cuenta de lo ocurrido.
Sin pensarlo, corrí tras ella y al salir al pasillo del primer piso oí sus pasos en la escalera. Me encaminé hacia allí y prácticamente saltaba cada dos escalones para llegar cuanto antes a la puerta. Ella no podría abrirla, necesitaba la llave y yo aun la tenía en mi bolsillo.
— ¿Puedes abrirme? —preguntó cuando yo llegue al pasillo de entrada.
Estaba dándome la espalda y, seguramente, no quería mirarme. ¿Tan mal había sido el beso o qué?
— Antes, ¿puedes decirme qué es lo que estuvo mal?
Ella contestó, pero aun sin darse vuelta.
— Nada, solo que… —no dijo nada más. Se dio vuelta y su cara notaba claramente que sentía vergüenza. ¿Por qué? Yo la había besado, algo significaba, ¿no? — Harry, recién nos conocemos. A decir verdad, no conozco nada de ti. Solo que te gusta el café y que siempre vas a la cafetería en la que trabajo. ¿Qué más? Nada… no sé quién eres y no besaré a un desconocido. ¿Me abres, por favor?
No dije nada, pasé por su lado, saqué la llave de mi bolsillo y abrí la puerta para que ella se fuera. No iba a obligarle a que se quedara.
Había sido tan idiota. ¿Por qué me dejaba guiar por mis instintos? ¿Por qué le hacía caso a mis deseos? Ella había estado en lo correcto. No nos conocíamos. A penas solo sabíamos nuestros nombres, no habíamos tenido una conversación bastante extensa, no sabíamos nada de la vida del otro. Capaz, yo sabía algo de sus costumbres de observarla tanto. ¿Quién sabe?
De esa huida había pasado una semana y yo seguía maldiciéndome por dentro por arruinar un momento tan esperado. ¿Cuánto tiempo había estado esperando para que ella me dijera sí para una cita? Aunque esa fiesta no era una cita oficial, para mi interior sí lo era. ¿Cuánto tiempo había estado esperando para entablar una conversación con ella, cuán mínima sea, y que no se tratara de lo que yo quería ordenar? Muchísimo tiempo. Y un estúpido impulso mandaba todo al demonio en dos segundos. ¡Genial!
— ¡Hey, Judd! —exclamó Danny tirándome una bolita de papel.
Lo miré de reojo y él me sonrió inocentemente. ¿Cuándo maduraría?
Estábamos en casa de Tom pasando la tarde. Afuera llovía torrencialmente y no era un día como para salir. Aparentemente, me había ido a otro mundo sin darme cuenta. Todos me miraban esperando a que yo dijera algo.
— Tengo que irme —dije luego de unos minutos.
Me paré y tomé la campera que yacía sobre el sillón. Mientras caminaba hacia la puerta, me fui poniendo el abrigo. Salí sin siquiera despedirme. Pude oír como ellos me llamaban pero, realmente, no me interesaba estar en compañía en ese momento. Necesitaba estar solo, caminar; aunque estuviese lloviendo.
Cuando llegue a la esquina, ya estaba completamente empapado. De las mangas de mi campera chorreaba una catarata y mi pelo no era la excepción.
Caminé sin fijarme hacia donde iba. Mis pies solamente me guiaban.
Nunca había estado tan depresivo como en esa semana. ¿Tan obsesionado estaba? Aparentemente, sí. Había roto mi rutina de ir a la cafetería. No sabía como ella iba a reaccionar al verme. No sabía como yo mismo iba a reaccionar si la veía. ¡Idiota, idiota, idiota! Aun no podía creer que había esperado tanto para arruinarlo en tan poco tiempo.
Levanté la mirada y pude ver que estaba a unos pocos pasos de aquella cafetería donde Mollie trabajaba. ¡Maldito destino!
No iba a volver para atrás. Si mis pies me habían llevado hasta allí debía ser por algo y yo necesitaba verla, aunque sea unos segundos.
Estaba en la vereda de enfrente y cuando di unos pasos más, pude ver perfectamente la cafetería. No había nadie afuera, obviamente. La lluvia era torrencial, ya lo dije. Me quede parado allí intentando verla a través de los grandes ventanales del local. Pero no pude. Estaba perdiendo las esperanzas de verla cuando salió por la puerta principal bajo un paraguas negro. Estaba tan perfecta como me tenía acostumbrado.
Arriésgate.
¿Tenía que arriesgarme? ¿Otra vez? Ella fue muy clara, no iba a besar a alguien a quien no conocía.
Hazte conocer. ¡No seas otra vez idiota, ve y bésala!
¿Bésarla? No quería nada más en el mundo que besarla, disfrutar de sus labios y su dulce sabor.
Miré a ambos lados de la calle, pero… ¿quién iba a conducir con semejante tormenta? Crucé corriendo antes de que ella se alejara más.
La tomé de la cintura y la hice girar. No esperé ni un segundo, uní nuestros labios en un apasionado beso. Por un segundo estaba al resguardo de su paraguas pero ella lo bajo, lo soltó y lo tiró al suelo para abrazarme por el cuello. La lluvia caía de forma precipitada sobre nosotros. Ella en dos segundos estuvo en el mismo estado que yo: empapada.
Cuando nos separamos, ella me miraba confusa pero sonriente.
— Me llamo Harold Judd, me dicen Harry. Tengo veinticuatro años, mi cumpleaños es el veintitrés de diciembre. Toco la batería y…
Ella puso su dedo índice en mis labios impidiéndome seguir hablando. Pero tomé de esa misma mano y la puse sobre mi corazón, mi boca estaba libre de nuevo.
— Y yo te amo —agregué para volver a besarla.
The End