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Walk In The Sun I
domingo, 17 de enero de 2010

Era un hermoso día de otoño. El sol, tímido en esta temporada, se asomaba detrás de espesas nubes que tapaban la mayoría de sus rayos. Su luz embriagadora iluminaba poco a poco esa mañana tan especial. Las hojas de los arboles habían perdido su color verde para dejar lugar a toda una gama de rojos y naranjas, las cuales, cuando una suave brisa golpeaba las ramas que las sostenían, caían de forma zigzagueante hacía el suelo donde crujían cuando algún transeúnte las pisaba.
Era una mañana fresca y soleada. Los niños jugaban alegremente en el arenal del parque que se encontraba frente a mi casa. El despertador sonó con su típica e irritante melodía, lo que significaba que ya debía levantarme. Era un día domingo, podía oír perfectamente los ronquidos de mi hermano en la habitación continua. Su día comenzaría recién al mediodía, cuando yo ya hubiese vuelto de mi salida. Agarré la ropa que había preparado la noche anterior y tomé una ducha rápida para despejarme y poder despertarme bien. Me vestí sencilla, pues solo era una caminata bajo el sol. Unos jeans azules oscuros, una remera blanca con estampados multicolores y una campera ligera negra eran más que suficientes, todo acompañado de mis típicas converse negras.
Bajé sin hacer alboroto, mis padres todavía dormían aprovechando su día libre de preocupaciones y trabajo. Pasé por la cocina y arrebaté de la mesada unas galletas que había hecho mamá en la noche. Me dirigí rápidamente a la puerta para poder salir hacia el mundo. En cuanto la abrí, vi una mano en forma de puño a punto de estrellarla en mi cara.
- ¡Ups! Lo siento, no quise asustarte. Estaba a punto de tocar la puerta.
Y ahí estaba él. El responsable de que me levantase temprano un día domingo. El responsable de que sonriera como boba al mirarlo. Simplemente él. Vestía muy simple. Jeans negros, camina a cuadros roja con las mangas arremangadas hasta los codos. Su pelo mojado caía formando ondas a los lados de su rostro. Sus ojos verdes brillaban de sobremanera y aquella sonrisa que nunca se borraba de su rostro parecía haber sido pulida.
- Me di cuenta ¿Listo? -. Pregunté tratando de sonreír para que no se notase mis nervios.
Tomó mi mano con dulzura y seguridad. Entrelazó sus dedos con los míos y ese simple contacto de nuestras pieles hizo que mi corazón bailara la conga, además de sonrojarme por completo. Caminamos por la acera hacía el parque enfrente nuestro. Estaba lleno de niños que jugaban, corrían, reían y saltaban mientras sus madres estaban sentadas en los bancos seguramente alardeando sobre su descendencia. Paralelamente, yo me encontraba feliz de la vida, al lado del él caminando bajo la luz del ya conocido sol. Fuimos a sentarnos en el pasto bajo un gran lapacho rosa. Era un árbol que a mí me fascinaba y supuse que él lo sabía.
Estuvimos sentados allí por un largo rato. Conversando y teniendo largas miradas de dos típicos enamorados que recién comenzaban a salir. Aun no nos habíamos dado nuestro primer beso. Los dos éramos muy tímidos y solamente habíamos tenidos dos citas. Igualmente, eso no me importaba. Yo estaba en el mismísimo paraíso simplemente estando con él y sabía que cuando el tiempo lo dijese, el beso llegaría.
En un momento de silencio, terminamos los dos sobre el suelo mirando el cielo a través de las espesas ramas del lapacho. Era una vista hermosa. Pequeños rayos del sol atravesaban las hojas y terminaban iluminándonos sin molestar a nuestros ojos.
Él estaba al lado mío, estiró la mano y tomó la mía. Me encantaba ese gesto de él, el querer estar unidos siempre. Giré mi cabeza para poder verlo y noté que me estaba mirando desde quien sabe cuándo.
- Es una vista preciosa del cielo ¿Por qué no la miras? -. Susurré para no arruinar el momento, además estábamos los dos muy cerca así que estaba segura de que me escuchaba.
- Tengo algo mucho más hermoso para apreciar que el cielo –. Contestó acariciando con una mano mi mejilla sonrojada.
Sonreí en mi interior sin saber qué contestarle. Se apoyo en uno de sus codos, quedando un poco más alto que yo, la mano que estaba apoyada suavemente en mi mejilla se movió hacía mi mentón levantándolo delicadamente. Yo me dejé llevar sin negarme a ninguno de sus movimientos. Se acercó suavemente y apoyo sus labios sobre los míos en un beso lleno de ternura y amor. Se separó de mí, sonriendo como siempre lo hacía. Compartimos una larga mirada en donde nos dijimos de todo sin palabras. Ya sentía aquellas mariposas en mi estomago bailando felizmente. Sentía como mis mejillas ardían de una forma inexplicable. Solo estábamos nosotros dos, los demás se habían ido para dejarnos solos.
Rápidamente el sol se posó sobre los dos, avisándome que el mediodía se acercaba y yo debía irme. Miré el cielo una vez más y maldije lo rápido que pasaba el tiempo.
- Tengo que irme. Solo me dejaron hasta el mediodía. Algo de un almuerzo familiar, creo -. Intenté excusarme pero dentro de mí sabía que cualquier excusa era insignificante por arruinar ese estupendo momento.
- No te preocupes -. Contestó él con su característica sonrisa. No sabía si lo estaba diciendo por compromiso o si realmente no le había molestado. Preferí creer en la segunda opción.
Sonreí y me levanté para poder irme lo más rápido que pudiese. Tenía que llegar pronto. Para mi suerte, la sección del parque en donde me encontraba estaba a solo una cuadra de mi casa. Era una ventaja tenerlo tan cerca.
Cuando llegué a la esquina, paré ya que el semáforo estaba en verde, entonces fue cuando sentí una mano en mi hombro obligándome a darme vuelta.
- ¿Qué te parece si algún día damos otro paseo bajo el sol?
Sonreí y acepté la propuesta gustosamente.