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Fear
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Choffa. 18/O8
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Walk In The Rain I
sábado, 30 de enero de 2010

Era un día horrible, aunque típico en la ciudad de Londres. Las opacas nubes tapaban al sol y anunciaba a viva voz la proximidad de una tormenta. Pero, a pesar del terrible temporal, era uno de los días más perfectos y esperados de mi vida. Finalmente, luego de tanta espera, luego de tantas miradas a escondidas y amores secretos, él me había invitado a salir.
Recordaba perfectamente ese milagroso momento en que sus labios pronunciaban aquella pregunta.
— ¿Te gustaría salir conmigo, Emma?
Sus ojos celestes, esos que siempre me lograban hipnotizar, me miraban fijamente esperando una respuesta. Estaba apoyado en los lockers, sostenía sus libros con ambas manos y me miraba con una media sonrisa.
Me había tomado por sorpresa. Él era el típico chico popular, andaba siempre riendo con su 'pandilla' y todos le tenían respeto. ¿Y él se fijaba en mí? Una persona no popular, tampoco alumna diez, sino un estudiante común. ¡Claro que era sorpresivo para mí y para cualquiera!
— Em… ¿Me estás hablando a mí? —. Pregunté cerrando lentamente la puerta de mi locker. Tomé el libro de literatura, mi próxima materia, y lo miré entrecerrando mis ojos.
— Claro, no veo a nadie más por acá —. Contestó mirando para ambos lados corroborando su respuesta.
Sonreí para mí misma y acepté gustosamente la propuesta. Él era el amor de mi adolescencia. Tenía doce años cuando lo vi entrando al aula con ese estilo skater suyo riendo con sus amigos y desde entonces no había podido despegar mi mirada de él. Era adictivo y, poco a poco, me había enamorado de él sin que se diera cuenta.
No sabía a dónde íbamos a ir pero eso no me interesaba. Era con él, una noche con él, eso era lo que realmente me importaba.
Me vestí sencilla, como siempre. Unos jeans azules, remera negra y una campera por si la tormenta nos agarraba en medio de nuestra cita. Salí cinco minutos antes de la hora acordada y caminé hacia el parque, donde íbamos a encontrarnos. Estaba a dos cuadras de casa, por lo que fui tranquila, sin apuros.
Al llegar a la esquina, no pude divisarlo pero supuse que llegaría un poco más tarde, cualquiera podía retrasarse cinco minutos. Me senté en uno de los bancos bajo la luminosidad del poste de luz que se encontraba en ese lugar. Esperé cinco minutos cuando la lluvia, aquella que se estaba aproximando, comenzó con toda su furia, mojándome por completo. ¿Le habría ocurrido algo? Miré a ambos lados de la calle pero no pude ver a nadie. Aun así, me quede sentada allí, esperándolo. En algún momento tendría que llegar. Pero no, nunca lo hizo. Me quedé ahí sentada alrededor de una hora cuando comprendí, muy a mi pesar, que había sido víctima de una simple y horrible broma. ¿Por qué no había pensado que, detrás de esos ojos celestes, había una broma planeándose? ¿Por qué me deje llevar por mi corazón y no oí a mi cabeza? Ella siempre me decía que alguien como él, como Dougie Poynter, no podía fijarse en mí… ¡Tenía razón!
Me levanté del asiento y comencé a caminar hacia mi casa, con la cabeza gacha y mis manos en los bolsillos. La lluvia seguía castigándome, pero eso no era realmente lo que me molestaba.
Sentía una pena en mi corazón pero, más que eso, sentía odio… lo odiaba. Odiaba por haberme hecho ilusionar y luego haberme derrumbado prácticamente al instante. Lo odiaba porque me hacía amarlo cada vez más mientras él me despreciaba. Ya me veía caminando por los pasillos del colegio mientras medio mundo me apunta con el dedo riéndose a carcajadas diciendo:
— Ahí va la idiota enamorada.
Y sí, yo era una idiota enamorada, no cabía duda de eso.
Caminé dos cuadras cuando oigo unas risas provenientes de una sección del parque. Miré hacia allí y comprobé lo que mi cabeza venía diciendo hacía mucho.
Dougie estaba riendo en medio de una ronda con sus amigos bajo el techo de un pabellón que se encontraba a unos cuantos metros míos. Ni lo dudé, camine decidida hacia allí dispuesta a enfrentarlo.
— ¡Eres un idiota! ¿Crees que impresionas a alguien haciendo este tipo de cosas? —. Entre gritando y mirándolo con odio. Como era de saber, estaba bajo un mar de lágrimas pero eso no me evitaba ver su cara de asombro — ¿Qué? ¿Acaso te sorprendo? ¿Pensaste que me iba a quedar callada mientras vos y tus estúpidos amigos se ríen de mí? ¡Vamos! Pueden reírse. Sí, fui una idiota pero no más que tú, Douglas.
Él se paró inmediatamente y caminó hacia mí. Lo miré de arriba abajo y decidí irme. No iba a gastar más tiempo en él.
— ¡Espera! —. Gritó detrás de mí pero yo ya estaba a unos metros de él. Sentí sus pisadas detrás de mí. Venía corriendo dispuesto a tener la oportunidad de defenderse pero yo no quería oír ninguna estupidez — Emma, escúchame.
— ¡No! —. Exclamé dándome vuelta y enfrentando su rostro. ¡Dios, era tan hermoso! Pero no por eso, iba a dejar mi enojo aparte — ¡Escúchame, tú! ¿Quién rayos te crees que eres? ¿Acaso crees que puedes jugar con mis sentimientos? ¡ERES UN IDIOTA! No puedo creer que yo me haya creído todo lo que me dijiste.
Esperé. Esperé que me gritase, que se burle, que se ría pero no hizo nada. En ese momento, no podía dejar de llorar aunque la lluvia ocultaba las lágrimas que no trataba de ocultar. ¡Oh, vamos! Había que ser idiota como para no darse cuenta de que estaba llorando un océano.
— No vales nada, Poynter. Eres, simplemente, un desecho —. Dije ya con un hilo de voz. Lo mire con desprecio, o algo parecido.
Mi giré para seguir caminando hacia mi casa. Era algo definitorio, iba a despojar a mi cabeza, a mi corazón, a mis sueños, a mis fantasías y a mis ilusiones de Douglas Poynter. Ya me había lastimado mucho como para caer de nuevo en sus redes