Irreal
miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un diluvio caía de forma interminable. Era una noche oscura y misteriosa, las estrellas se escondían detrás de las espesas nubes y un gran viento azotaba las ventanas. Yo me encontraba bien arropado entre las sabanas de mi cama cuando una de las ramas del roble que se encontraba frente a mi casa golpeó fuertemente contra el cristal de mi ventana haciendo que me despertase bruscamente. Mire hacia el exterior y pude observar con gran desilusión que el amanecer se venía acercando. Seguramente en un par de horas debería levantarme para poder ir a mi trabajo.
Me levanté perezosamente de mi cama ya que las necesidades humanas me llamaban. Camine despacio hasta la salida de mi habitación, la cual daba a un pasillo que terminaba en el living y a través de él, llegabas al baño y cocina. Doble en el pasillo para poder dirigirme al baño y fue en ese preciso momento cuando la vi.
Vestía un hermoso vestido blanco hasta las rodillas, era de tiritas y con escote en V. Llevaba la zona del ruedo bordado con hilos negros y que formaban extrañas figuras. Su pelo castaño caía en forma de cascada por su espalda dejando ver pequeñas ondas que se formaban en las puntas. Sus ojos brillaban de una manera que jamás podre explicar. Eran de color perla, cautivador y único. Su piel era pálida como la nieve y parecía brillar con la luz de la luna. Tenía una de sus manos apoyada en el vidrio del gran ventanal que daba hacia el exterior, donde podías ver con claridad el paisaje de la ciudad. Su mirada estaba perdida tras un montón de imágenes, supongo yo. Su rostro parecía inerte y sombrío.
Me quede petrificado al verla. Era una estatua del más grande de los escultores, un ángel caído del cielo, un hada sacada de cualquier cuento de amor y estaba allí, en mi sala viendo algún punto fijo en la nada.
Hice un movimiento torpe que ella notó. Retiró rápidamente la mano del vidrio y me miró sorprendida. Entonces algo raro ocurrió. Poco a poco comenzó a desvanecerse frente mío. Me fregué unas cuantas veces los ojos por si eso era una ilusión, un mal sueño o algo producto a lo que comí, quizá. Pero no, ella seguía desvaneciéndose allí como un… fantasma.
En poco tiempo, ya no estaba más. Solo yo y mi persona. Sí, ella era un fantasma o algo extraño que se había colado en mi casa por alguna extraña razón. Tal vez los relámpagos que acompañaban a la lluvia habían abierto un portal o algo, ¿Quién sabe? Después de todo, cualquier cosa puede suceder. En lo único que estaba seguro era que ella, fuese de la especie que fuese, era irreal.