Forever
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Cerré la cremallera del vestido, blanco como la nieve y suave como la seda, me coloqué frente al espejo para poder deslumbrarme con mi propia apariencia. Mi pelo negro caía en marcadas ondas hasta la altura de mis hombros, estaba maquillada con brillos, sombras y… esas cosas que con suerte solo sabía el nombre. El vestido se amoldaba a mi cuerpo, como si hubiese sido hecho para mí y solo para mí.
Me sentía feliz, inexplicablemente feliz. Había soñado toda mi vida con una boda, con mi boda y, luego de tanto esperar, al fin había llegado. Aun no podía creer que me iba a casar con la persona que desde el primer momento había amado. Su sonrisa hacía acelerar mis pulsaciones, sus ojos me hipnotizaban, el contacto de nuestras pieles hacia erizar todos los bellos de mi cuerpo. Enamorada de su personalidad, enamorada de su apariencia, enamorada de sus ideales, lo único que estaba disponible en mis manos era amarlo sin restricciones y por siempre. No tenía demasiadas opciones, él había entrado en mi corazón de un segundo para el otro, aprove
chando un descuido mío y luego, no salió nunca más. La sola idea de quedarme sin su compañía hacia estremecer a mi alma, así que siempre había preferido no pensar en ello.
Era un perfecto día de otoño. Afuera, había una briza suave y helada, el frio comenzaba hacerse notar con mucha intensidad, los arboles se habían teñido de amarillo para dejar caer con libertad a las hojas que terminaban crujiendo bajo los pies de los transeúntes. Las personas corrían apuradas para llegar a sus trabajos, a sus hogares, a sus compromisos. Paralelamente, yo me encontraba nerviosa, aun mirándome frente al gran espejo que estaba cuidadosamente colocado en un córner de la habitación esperando para dar el tan ansiado y apreciado sí.
Las cosas habían ocurrido muy rapido. Solo hacía seis meses atrás cuando lo había conocido, en una de esas noches en velo que me las pasaba estudiando en mi hogar antes de esos temibles exámenes finales. Había salido para poder comprarme en uno de esos negocios ''open 24 hours'' algo para poder acompañar el milagroso café que lograba mantenerme despierta toda la noche. Él estaba haciendo lo mismo que yo. Sus ojos marrones estaban rojos por el sueño y por el arduo trabajo de leer pilas de fotocopias y libros. Supongo yo que fue amor a primera vista pero realmente, no puedo asegurarlo. Lo único que sé es que, luego de intercambiar unas cuantas palabras sobre papas fritas y chocolates, terminamos acordando una cita. Sí, una cita con un desconocido, ¿Quién lo hubiese pensado? Pero, gracias a confiar en él y confiar en mi sexto sentido, lo había conocido con precisión. Todo lo que había pensado que él era, estaba en lo correcto y a la vez no. Quiero decir, él con cada palabra que decía me hacia sorprender más y más, me hacia divertir más y más. Él era perfectamente lo que estaba buscando. Una persona que no le importaba las apariencias, no le importaba lo que dijesen los demás, alguien que confiaba en sí mismo, en sus pensamientos y que no temía en decirlos a viva voz frente al mundo, quien no tenía miedo de oponerse ante todos ya que defendía lo que creía y lo hacía con puño y espada.
Cuando pensé que solo habían pasado unos minutos desde que me había sentado en el cómodo sillón que estaba colocado en la sala de la habitación donde me encontraba, tocaron la puerta de roble, avisándome que ya debía salir para dirigirme al altar para poder dar, finalmente, el sí.
Me levanté con cuidado para no caerme ni arrastrar conmigo el vestido, no quería que los nervios me dominasen y terminase arruinándolo, rompiéndolo o manchándolo, suficiente lío había sido colocármelo. Esa sería la primera y única vez que usase un corsé, definitivamente. Con suerte podía dar unos pequeños respiros para calmar un poco las ansias de aire. Me encaminé hacía la puerta y la abrí. Allí estaba mi padre, con su tipica melena blanca peinada prolijamente hacia atrás, por primera vez en su vida. Estiró su brazo izquierdo hacía mí, yo le sonreí con nerviosismo y lo tomé temblorosamente. Me frotó la mano con cariño y dulzura sin decir ninguna palabra ya que estarían de más, sabía que ese gesto de parte de él significaba el apoyo y el aliento que yo estaba necesitando.
Nos paramos tras unas enormes puertas de roble y esperamos a que las abrieran. El órgano comenzó a sonar con su cadencioso sonido. Mi corazón dio un vuelco y sentí como los nervios nuevamente, tras un momento de paz, volvían a controlarme. Cerré mis ojos para poder concentrarme, respire profundamente y traté de encontrar mi ''centro'' para ser yo quien dominase a los impulsos. Debía estar relajada y tranquila, sabía que todo saldría bien. Las puertas hicieron un extraño sonido y fueron abriéndose de a poco.
Inmediatamente, mis ojos se posaron en los suyos, aquellos que amaba tanto y de allí no se despegaron durante todo el camino hacia el altar. Había una alfombra larga de color rojo desde el fondo hasta los escalones frente al altar, margaritas por doquier, mis flores preferidas, y todos nuestros amigos y familiares viviendo junto a nosotros el momento más feliz de nuestra vida.
¿Qué más podía pedir? Lo amaba y él me amaba a mí, íbamos a compartir el resto de nuestras vidas juntos y más también, luego de la muerte, seguiríamos amándonos, y viendo el mundo desde el más allá. Estaba entregando mi corazón junto a mi alma a una persona que hacía lo mismo, había temores y nervios pero… éramos felices y lo seriamos por siempre, suceda lo que suceda, estaríamos siempre el uno con el otro.
Me sentía feliz, inexplicablemente feliz. Había soñado toda mi vida con una boda, con mi boda y, luego de tanto esperar, al fin había llegado. Aun no podía creer que me iba a casar con la persona que desde el primer momento había amado. Su sonrisa hacía acelerar mis pulsaciones, sus ojos me hipnotizaban, el contacto de nuestras pieles hacia erizar todos los bellos de mi cuerpo. Enamorada de su personalidad, enamorada de su apariencia, enamorada de sus ideales, lo único que estaba disponible en mis manos era amarlo sin restricciones y por siempre. No tenía demasiadas opciones, él había entrado en mi corazón de un segundo para el otro, aprove
chando un descuido mío y luego, no salió nunca más. La sola idea de quedarme sin su compañía hacia estremecer a mi alma, así que siempre había preferido no pensar en ello.Era un perfecto día de otoño. Afuera, había una briza suave y helada, el frio comenzaba hacerse notar con mucha intensidad, los arboles se habían teñido de amarillo para dejar caer con libertad a las hojas que terminaban crujiendo bajo los pies de los transeúntes. Las personas corrían apuradas para llegar a sus trabajos, a sus hogares, a sus compromisos. Paralelamente, yo me encontraba nerviosa, aun mirándome frente al gran espejo que estaba cuidadosamente colocado en un córner de la habitación esperando para dar el tan ansiado y apreciado sí.
Las cosas habían ocurrido muy rapido. Solo hacía seis meses atrás cuando lo había conocido, en una de esas noches en velo que me las pasaba estudiando en mi hogar antes de esos temibles exámenes finales. Había salido para poder comprarme en uno de esos negocios ''open 24 hours'' algo para poder acompañar el milagroso café que lograba mantenerme despierta toda la noche. Él estaba haciendo lo mismo que yo. Sus ojos marrones estaban rojos por el sueño y por el arduo trabajo de leer pilas de fotocopias y libros. Supongo yo que fue amor a primera vista pero realmente, no puedo asegurarlo. Lo único que sé es que, luego de intercambiar unas cuantas palabras sobre papas fritas y chocolates, terminamos acordando una cita. Sí, una cita con un desconocido, ¿Quién lo hubiese pensado? Pero, gracias a confiar en él y confiar en mi sexto sentido, lo había conocido con precisión. Todo lo que había pensado que él era, estaba en lo correcto y a la vez no. Quiero decir, él con cada palabra que decía me hacia sorprender más y más, me hacia divertir más y más. Él era perfectamente lo que estaba buscando. Una persona que no le importaba las apariencias, no le importaba lo que dijesen los demás, alguien que confiaba en sí mismo, en sus pensamientos y que no temía en decirlos a viva voz frente al mundo, quien no tenía miedo de oponerse ante todos ya que defendía lo que creía y lo hacía con puño y espada.
Cuando pensé que solo habían pasado unos minutos desde que me había sentado en el cómodo sillón que estaba colocado en la sala de la habitación donde me encontraba, tocaron la puerta de roble, avisándome que ya debía salir para dirigirme al altar para poder dar, finalmente, el sí.
Me levanté con cuidado para no caerme ni arrastrar conmigo el vestido, no quería que los nervios me dominasen y terminase arruinándolo, rompiéndolo o manchándolo, suficiente lío había sido colocármelo. Esa sería la primera y única vez que usase un corsé, definitivamente. Con suerte podía dar unos pequeños respiros para calmar un poco las ansias de aire. Me encaminé hacía la puerta y la abrí. Allí estaba mi padre, con su tipica melena blanca peinada prolijamente hacia atrás, por primera vez en su vida. Estiró su brazo izquierdo hacía mí, yo le sonreí con nerviosismo y lo tomé temblorosamente. Me frotó la mano con cariño y dulzura sin decir ninguna palabra ya que estarían de más, sabía que ese gesto de parte de él significaba el apoyo y el aliento que yo estaba necesitando.
Nos paramos tras unas enormes puertas de roble y esperamos a que las abrieran. El órgano comenzó a sonar con su cadencioso sonido. Mi corazón dio un vuelco y sentí como los nervios nuevamente, tras un momento de paz, volvían a controlarme. Cerré mis ojos para poder concentrarme, respire profundamente y traté de encontrar mi ''centro'' para ser yo quien dominase a los impulsos. Debía estar relajada y tranquila, sabía que todo saldría bien. Las puertas hicieron un extraño sonido y fueron abriéndose de a poco.
Inmediatamente, mis ojos se posaron en los suyos, aquellos que amaba tanto y de allí no se despegaron durante todo el camino hacia el altar. Había una alfombra larga de color rojo desde el fondo hasta los escalones frente al altar, margaritas por doquier, mis flores preferidas, y todos nuestros amigos y familiares viviendo junto a nosotros el momento más feliz de nuestra vida.
¿Qué más podía pedir? Lo amaba y él me amaba a mí, íbamos a compartir el resto de nuestras vidas juntos y más también, luego de la muerte, seguiríamos amándonos, y viendo el mundo desde el más allá. Estaba entregando mi corazón junto a mi alma a una persona que hacía lo mismo, había temores y nervios pero… éramos felices y lo seriamos por siempre, suceda lo que suceda, estaríamos siempre el uno con el otro.